El vino que tiene Asunciooooon!!!!

No es tinto ni blanco ni na de na.

Es de colores ambarinos con destellos dorados. En boca, sabor afrutado, tonos lácteos y de hierro fundido a 2.348 grados plantígrados.

Como alguno de vusotros ya sabréis, tengo una amiga cuyo novio (un tipo estupendo, me consta) le regaló un curso de cata y pesca, digo, de cata de vinos.

Como los cursos de cata no es algo que uno se encuentre por la calle como si fueran champiñones o bulets en la campiña catalana con gran tradición y raigambre entre la población autóctona y la foránea, pues se tuvo que esperar a que en la bodega/ licorería/ vinoteca (qué fácil es usar el sufijo “teca” en nuestro vocabulario, cocinateka, lavaboteka, mesadeteka, etc.) hicieran un curso de cata.

Finalmente, en la susodicha anteriormente y mencionada más adelante vinoteca, llamaron indicando la proximidad o cercanía de uno de los famosos cursos de cata/ degustación/ engullimiento de caldos varios (vinos, cavas, gallina blanca, etc.).

Los módulos/ secciones/ lecciones de las que constaba el curso eran:

– Día 1: Blancos, rosado y tintos.

– Día 2: Cavas y champañ.

Los días de curso fueron esta misma semana. En concreto y para evitar confusiones, el lunes y el miércoles.

Por lo general, a un curso de cata uno tiene que ir lavao y arreglao. Lo de arreglao es poque tratas con personas humanas y no te vas a plantar allí con el chandal y los zapatos. Y lo de lavao, es por el “olor”. El “olor” nuestro y el del vino.

Y es que en una cata, el olor es algo muy importante. Es como aquello de que la comida entra por los ojos (algo que aunque es un dicho popular, yo no le hago caso porque hay algunas pitanzas/ comidas/ ágapes/ piscolabis/ manducas/ ranchos y similares que los ves y te caes de culo. Sin ir más lejos, unos callos a la madrileña, entre la pinta de vísceras y que te imaginas el estómago de Babe el Valiente, pues como que no. O por ejemplo una migas riojanas. Que queréis que os diga, aquello parece un plato de pienso para gallinas remojado (y la gente se lo come, supongo que porque hay que tener muchos huevos, como las gallinas).

Aparte del olor que los cuerpos vivos de los humanos desprenden, es importante no añadir olores artificiales. Más que nada y de todos es bien sabido porque si no te has lavao y te pones encima de la fermentación de tu cuerpo desde la última lavativa digo lavada olores artificiales, o te has echao salfumán o la mezcla puede resultar explosiva y peligrosa.

Todo esto me vino el lunes a la cabeza justo cuando empezamos la cata. Procedí a lavarme esa misma mañana, incorporé a mi chasis el mínimo de olores artificiales y me preocupé de no comer leguminosas en 3 dias antes para no provocar más olores. Pero todo se desmontó con el simple pero letal detalle de no ponerme los guantes de lana para ir en la moto. Así que en medio de la disertación/ monólogo/ prólogo y epílogo del enólogo de turno, me vino un ramalazo a gasolina y aceite lubrificante Tulipán que no veas.

En fin. Que la próxima vez, me lavo las manos y punto.

Aparte de los olores, a un curso de cata hay que ir comío. Más que nada porque los lunes, con el inglés a mediodía, solo se puede comer un bocata y como casi nunca se merienda, pues a las 8 que empezaba el tema, me comía yo los callos a la vizcaina y las migas en pepitoria si hacía falta.

Así que, entre el estómago vacío y las copas que nos íbamos a tomar (porque mucha tele donde los catadores acaban escupiendo el vino después de probado pero allí todo el mundo apuraba la copa hasta la última gota) ya pensaba yo de que me iba a poner piripi. Menos mal que de la vinoteca hasta casa apenas estábamos a 200 metros que si no,…

Bueno llegamos a la vinoteca, nos sentamos, aprovechamos los minutos de confusión para observar y ser observados y finalmente empieza el tema.

Uno cuando imagina un curso de cata, imagina copas y vinos, verdad? o sea la práctica. Pues mirad por donde viene el tema que también había teoría. El curso tenía un horario de 20 a 22. Y os puedo prometer y lo hago que hasta las 21:30 no empezamos con el vino. Así que, imaginaos la escena.

Un enólogo.

18 alumnos.

5 canastillos con rosquilletas (que nadie se atrevía a tocar)

4 copas

1 botellita de agua

1 hambre de cojones

1 sueño que te cagas.

Lo mejor de todo es que realmente te enteras de cómo se hace el vino. Y eliminan los mitos y leyendas de un plumazo. Ni hay tios descalzos pisando fuerte ni hay tíos de la bota bebiendo a guiñote.

Para que os hagáis una idea el vino tiene varios procesos:

1.- Selección de las cepas y recogida de uva

2.- Dependiendo del vino que queremos, se prensa a saco o se separa la uva de las ramitas y todo eso.

3.- De lo que se prensa salen 2 cosas: mosto que se aparta y pasta que:

– Se vuelve a prensar para hacer más vino (de menor calidad) u orujos (aguardientes).

4.- El mosto se pone a fermentar a una temperatura constante (temperatura que eliges en función del vino que quieres que salga) y se le añaden unos bichitos (supongo que fermentadores) que se “comen” literalmente el azucar del mosto.

Estos bichos son como los del Gruyere, es decir, se comen el azucar y generan gas. Este gas, normalmente se hace desaparecer, es decir no se utiliza.

Si lo que queremos es hacer cava, después de esta fermentación, se embotella el vino y se le vuelve a añadir azúcar y fermentos en la botella, es decir, se hace una segunda fermentación en la botella (por eso tiene gas).

5.- Después de la fermentación se embotella, se entonela o como quiera uno, se almacena.

Aparte de cómo se hace el vino, también aprendimos que:

– Cuando se habla de un vino con solera de 1889, no significa que el vino sea tan viejo sino que la barrica donde se almacena el vino es de ese año. Lo que se hace es que se almacena el vino con un sistema de “escalera” de forma que se ponen barricas a diferentes alturas. En la de abajo del todo (la que está en el suelo, de ahí lo de “solera”) se pone el vino más viejo y cada temporada, se retira de esa primera barrica 1/3 del vino y se embotella. El hueco generado se rellena con vino de la barrica de arriba de forma que la última de todas como no tiene de donde coger, se rellena con el vino de la temporada.

Total que después de las aclaraciones, llegamos al momento del “tast”.

El tast se hace de la siguiente manera:

1.- Te ponen el vino en la copa e inmediatamente hueles produndamente (ojo con coger mucho oxígeno que en ambientes sensibles te puedes desmayar). (aquí aparecen los olores más volátiles del vino).

2.- Piensas en los olores. (Hay algunos tan curiosos como “perro mojado”, y más cosas)

3.- Retiras.

4.- Dejas reposar. (para que desaparezcan del ambiente los olores más volátiles)

5.- Vuelves a oler la copa. (para ver a qué huele sin los olores más volátiles)

6.- Piensas en los olores.

7.- Retiras.

8.- Dejas reposar.

9.- Observas los colores del vino.

10.- Piensas en los colores. (ambar, dorado, amarillo, rojo, negro, azulados, metálicos, vamos que si no vas con pantonario lo flipas)

11.- Meneas la copa (sin salpicar al vecino).

12.- Hueles profundamente. (para captar los olores menos volátiles q son muy perezosos)

13.- Piensas en los olores.

14.- Retiras.

15.- Pruebas la copa.

OJO: la lengua, podríamos decir que es como un ser vivo. Así que para “degustar” hay que tener en cuenta que la punta la lengua es para degustar lo salado y dulce. Los laterales de la lengua degustan la acidez y el fondo la lengua que coincide con el fondo de la garganta es para ver hasta donde eres capaz de tragar, estooo creo que me estoy yendo por otros derroteros. En el fondo se degusta otra cosa que no me acuerdo…

16.- Piensas en los sabores. (lácteos, fruta, hierro, carne, pescado, verdura, frutos secos,…)

17.- Retiras.

18.- Dejas reposar.

19.- Los borrachines, vuelven a degustar.

Lo de la lengua es curioso. Más que nada porque por ejemplo, si tenemos un vino que es dulce pero cuando lo metemos en la boca, lo hacemos a lo bruto y directamente pasa al segmento medio de la lengua, pues no “notaremos” lo dulce del tema. Y si un vino tiene acidez media y directamente lo pasamos al segmento de ácidos, pues lo notaremos más ácido. Entendéis lo que quiero decir, no? vamos que el vino es como…. no se, pero hay que hacerlo dulcecito, suave, suave mi amol, suaaaaave, uf, uf, suave, qué rico, qué rico, hay mami qué rico, más, más, sí, uf, que calor me está entrando, más, espera, hay, espera, más, más, mássssssssss, aparta, aparta, ufffffffff que gusto. Qué bueno estaba tú, me tomaría otra copa.

Total, lo bueno del tema es que el enólogo te va contando un poco las excelencias del tema, te orienta hacia los olores, colores y sabores del vino.

Como comprenderéis, a la segunda copa, las rosquilletas iban que volaban del cestillo a la boca y a la quinta copa, de mesa a mesa y mira cómo me pesa.

Al final, acabamos a eso de las 22:35 y muy bien. Os recomiendo que probéis el vino así despacito porque acabas notando muchas cosas majas.

El miércoles, le tocaba el turno a los cavas y champañ.

Pensaréis que seguimos los consejos sobre los olores, verdad? pues me vino a la memoria lo del lunes con los guantes y el olor a gasolina justo cuando aparcaba la moto y al mirarme las manos, ni guantes ni madre que los cosió.

El lunes, la verdad, no acabamos muy achispados.

Pero yo me temía que con el cava sería distinto. Y es que dicen, que al tener las burbujitas, “sube” antes a la cabeza. Y como tampoco habíamos comido nada, pues,…

Para empezar, os diré que el frío que reinaba el lunes desapareció instantaneamente. Algunos cambiaron de ubicación y se entablaron conversaciones en franca armonía, vamos que parecíamos una colla de amigos.

Esto propició que las rosquilletas iniciaran su viaje letal hasta nuestras bocas justo en el momento de sentarnos y es que el hambre era mucha y la mies escasa.

Tras la explicación de la elaboración del cava y los politiqueos propios de las D.O. procedíamos a la degustación de los cavas.

El planteamiento era muy similar al de la cata del vino, solo que después de la primera copa el proceso pasó a:

1.- Te ponen el cava en la copa e inmediatamente hueles produndamente (ojo con el gas que te pilla los ojos y no veas).

2.- Piensas en los olores.

3.- Retiras.

4.- Dejas reposar.

5.- Vuelves a oler la copa.

6.- Piensas en los olores.

7.- Retiras.

8.- Dejas reposar.

9.- Observas los colores del vino.

10.- Piensas en los colores.

11.- Meneas la copa (sin salpicar al vecino).

12.- Hueles profundamente.

13.- Piensas en los olores.

14.- Retiras.

15.- Pruebas la copa.

16.- Piensas en los sabores.

17.- Vuelta al punto 15 hasta que se acaba la copa.

Y ya veis al pobre del enólogo explicando la segunda tanda de olores y la peña con la copa vacía ya y cara de póquer del enólogo cuando decía “Bien, degustamos” y probaba su copa y todos los demás se quedaban mirandole porque no quedaba cava en la copa.

Probamos 6 cavas y 1 champañ y Pat estuvo a punto de decir aquello de “es que no he acabado de pillarle el gusto, me podría rellenar la copa?” cuando nos dieron un cava gran reserva de 18 euros la botella.

A media cata ya íbamos totalmente achispados y soltando paridas con los vecinos. Y al final de la cata, nos sacaron unos canapiés que vinieron de lujo porque, aparte de la hambre, ayudaron a contrarrestar los efectos del alcohol.

La llegada a casa fue de las de las mejores Madalenas, en silencio (porque el andar ya requería de toda nuestra energía mental) y dando tumbos (porque la energía mental necesitada no correspondía con la que nos quedaba).

En fin, amigos. Os gusta el vino? 😉

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